El Adviento es un tiempo que deseamos vivir conscientes, personalmente y en comunidad,  acordándonos de que estamos en camino para llegar hasta un pesebre. Allí encontraremos a Jesús, María, José, un buey, una mula y gente pobre (y de no muy buena reputación).

Me detengo por un momento a reflexionar en este ciclo litúrgico, ya que Adviento no es sólo un tiempo, sino que es una actitud profunda. El auténtico Adviento es el que cultiva y desarrolla la esperanza, es el que enciende todas las lámparas de la espera, es el que abre todos los oídos de la escucha, es el que dispone cuidadosamente nuestro espíritu para la acogida.

Sin embargo, nuestra realidad, en la mayoría de los casos, dista mucho de ser lo que debe ser el Adviento, pero que tal vez no lo ha sido nunca, pues, en nuestros tiempos, se ha convertido en un agitado tiempo de compras, con poco o ningún tiempo para la oración; la celebración ha dejado de estar centrada en la acogida y seguimiento de Jesús, para ser poco a poco sustituida por la figura de Santa Claus, muñecos de nieve, trineos, renos, campanillas, abetos y frío, comidas de empresa, cenas familiares, intercambio de regalos y poco más.

Todos los esfuerzos que la Iglesia ha hecho por cristianizar la fiesta pagana de “este tiempo”  no sólo se ven neutralizados por la carga emocional que tiene el mismo, sino porque no hemos sabido los creyentes y seguidores de Jesús, situarla en su lugar en el camino de la fe. El Itinerario de la fe no empieza en la Navidad, sino en el encuentro con el crucificado resucitado y desde ahí recibe la luz y el sentido la Navidad. De hecho la “navidad” ha quedado como la fiesta del “niño” que hay en cada uno de nosotros. La carga sentimental de esta fiesta se ve en la exaltación de unos y el querer que pase pronto de otros.

No obstante, no tenemos que desmoralizarnos ante la situación actual. Hagamos un nuevo esfuerzo por vivir y celebrar la Navidad, como una oportunidad y un tiempo nuevo e intenso para profundizar en el misterio de nuestra fe. No nos dejemos llevar por el micro clima que se crea, también puede ser ocasión para dejarnos habitar por el Espíritu de Jesús,  personalizar nuestra fe, dedicar tempo a intercambiar en la familia. Pero puede ser también un tiempo de crecer en la caridad, en la solidaridad y en el compartir, al recordar que Jesús, siendo Dios, no retuvo para sí la gloria que merecía como Dios, sino que se hizo como uno de nosotros, y que, como dice san Agustín, se hizo pobre para que nosotros nos hiciéramos ricos en misericordia y ternura. Así haríamos real aquel dicho: “Más vale encender una vela, que maldecir las tinieblas”.

Que en Adviento nos sintamos invitados a permanecer siempre en vigilancia, teniendo en las manos las lámparas encendidas para alumbrar el camino. Las oraciones del Adviento nos encaminan a la Navidad y al encuentro amistoso con el Padre. Allí no podemos llegar con las manos vacías y viviendo en la superficialidad de la vida como las cinco vírgenes necias, sino en profundidad y con los corazones llenos de esperanza y de buenas obras, así seremos testigos de la Luz de Jesús, “Sol de justicia y de paz”.